El Aconcagua y los Incas
Aconcagua, Provincia de Mendoza
Arqueología de Alta Montaña
- por Christian Vitry, Antropólogo -
En esta sección especial del CCAM referida al coloso de América, el Aconcagua, quiero referirme a esta hermosa y gran montaña como lugar de adoración en tiempos prehispánicos.
Para muchos no será novedad, pero quizás para otros si el hecho de saber que la montaña más alta de América y los hemisferios sur y occidental fue, durante el Período Inca(1.400 a 1532 d.C) un importante adoratorio de altura, donde la tierna vida de un niño fue ofrendada a más de 5.000 metros de altura.

Ubicación del Aconcagua, Mendoza, Argentina
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Todo sucedió durante el verano de 1985, ese año, el Club Andinista Mendoza (CAM) cumplía 50 años de vida y, como parte de las actividades conmemorativas, la institución presidida por Félix Fellinger, planificó numerosas expediciones al Aconcagua por cuatro rutas. Una de estas fue la poco frecuentada arista Sureste, por donde transitaban los hermanos Fernando y Juan Carlos Pierobon y Franco y Alberto Pizzolon. Éste último integrante nombrado observó algo que le llamó la atención y le dijo a sus compañeros “¡Ahí hay pasto!”, a lo que respondieron “¿Cómo? ¡si estamos a más de cinco mil metros de altura!”… Este diálogo extraído de uno de los libros del Doctor Juan Schobinger, describe el preciso instante de un hallazgo arqueológico muy importante y que se transformara en uno de los hitos de la arqueología de alta montaña.

El cerro Pirámide (un contrafuerte del Aconcagua), visto desde el campamento base a 4600 metros.
(La flecha señala el lugar del hallazgo, sobre el filo de ascenso)
Alberto Pizzolon se acercó para ver el “pasto” y se percató que se trataba de plumas amarillas y negras que formaban parte de un tocado cefálico de un niño inca ofrendado en la montaña hace quinientos años, esto, obviamente se supo después de los estudios realizados.
Una de las cosas más importantes que ocurrieron durante esta expedición es, sin duda, el excelente criterio que tuvieron los expedicionarios frente al hallazgo arqueológico. Muchos hubieran optado por ponerse a excavar y “ver” que hay en el lugar, casi como un instinto de jugar a ser explorador, arqueólogo, descubridor de tesoros ocultos y tantas fantasías que surgen ante la intriga de “descubrir” lo que está enterrado. Sin embargo, ellos optaron por regresar sin alterar nada y ver que solución se podía dar a esa evidencia que los procesos erosivos habían desenterrado parcialmente en la montaña más frecuentada de nuestro país. Era un tema serio, cualquier expedición podía llegar, ver lo mismo que vieron los andinistas mendocinos y simplemente ponerse a excavar y ya, todo perdido…

Documentando la momia, mientras comienza la preparación del paquete para su ulterior tranporte
En Mendoza, junto con el presidente del CAM, empezaron a pensar y averiguar quien era entendido en estos temas, así llegaron al Dr. Juan Schobinger. Sin embargo, éste se encontraba iniciando sus vacaciones en la costa atlántica… La urgencia del caso y la pasión del arqueólogo lo hicieron renunciar al cálido clima de la costa para organizar una expedición a la alta montaña. Quince días después de producido el hallazgo, Schobinger junto a un equipo de voluntarios integrado por G. Cabrera, Juan Carlos Pierobon, Alberto Pizzolon, J. Ferrari, Eduardo Guercio, Víctor Durán, Germán Bustos Herrera y Silvia Centeleghe, partieron en una camioneta desde Mendoza rumbo a Puente del Inca. Ingresaron por Horcones y montaron un campamento a los 3.800 metros, luego otro a los 4.400 metros, montaron un campo base a 4.600 metros y finalmente, un campamento de altura a 5.200 metros.

Los expedicionarios, a punto de partir de Mendoza.
De izq. a der.: Juan Carlos Pierobon, Eduardo Guercio, J. Schobinger, Víctor Durán, Julio Ferrari, Alberto Pizzolon. Foto: G. Cabrera
El 28 de enero partieron desde el campo de altura para iniciar las tareas pertinentes, al respecto el Dr. Schobinger escribió: “Durante dos días trabajamos en el sitio, que fue relevando y explorando, comprobándose la existencia de dos gruesos muros semicirculares pircados, muy derruidos, y un círculo de piedras de un metro de diámetro. En el relleno protegido por una de las pircas se hallaba, semienterrado por desplazamiento de la tierra, el fardo funerario que contenía el cuerpo fuertemente plegado de un párvulo de unos 7 años de edad. Estaba envuelto por numerosas piezas textiles, siendo la más externa un manto totalmente engarzado con plumas amarillas, probablemente de papagayo. En cuanto al “pasto” que creyeron ver los andinistas, resultó corresponder a un conjunto de plumas amarillas y negras que habían formado parte del penacho. El cráneo presentaba una rotura debido a la erosión, al haber quedado a la intemperie. En su interior podía observarse el cerebro colapsado por deshidratación. Tras varias horas de trabajo, el fardo fue cuidadosamente retirado del duro “permafrost” (tierra congelada) en que se hallaba colocado, y mientras el laboratorista J. Ferrari se ocupaba del embalaje y preparación para el descenso, otro grupo procedía a continuar la excavación, tratando de llegar lateralmente hasta la pirca. A poco de iniciada, tuvimos la fortuna de hallar –dentro del mismo relleno en el que había colocado a la momia- seis magníficas estatuillas de típico estilo incaico: tres humanas, con sus vestimentas y plumajesintactos, masculinas, cuya altura (sin ropajes) es de 59 milímetros la primera (de oro laminado), de 52 mm la segunda (de plata con aleación de cobre), y de 47 mm la tercera (hecha en una valva del Océano pacífico, llamada Spondylus). Las otras eran tres pequeñas figuras de llamas, muy estilizadas; una de oro laminado y las otras dos de valva Spondylus (material muy valorado por los incas, que lo llamaban mullu) con veta roja de un lado y blanca del otro. Este ajuar tiene sin duda importancia simbólica, y una conexión directa con varios otros yacimientos arqueológicos de alta montaña que también han proporcionado este tipo de estatuilla. (…) No bien terminada la extracción de las estatuillas y bien embalada la momia en una mochila, debimos emprender la retirada apresuradamente, ya que el tiempo se descompuso. Se levantó el campamento alto, y el descenso por el glaciar debió hacerse soportando una tormenta de nieve. Por fortuna, y gracias a la pericia de los andinistas, alcanzamos el campamento-base sin problemas. El resto del regreso se realizó normalmente, llegando el 31 de enero a Mendoza. El fardo funerario quedó depositado en una cámara refrigerada, cedida por el LARLAC dirigido por el Dr. R. Deis, (uno de los Institutos que integran el CRICYT, Centro de Investigaciones Científicas y tecnológicas de Mendoza). También se puso a disposición uno de sus gabinetes para trabajos ulteriores.”

La momia del Aconcagua (un niño de 7 años de edad),
tal como se conserva en la actualidad.
(La banda que sostiene el cabello fue colocada después)
El hallazgo arqueológico del Aconcagua marcó un importante hito en las investigaciones arqueológicas realizadas en las altas montañas de nuestra cordillera. ¿Por qué?, fundamentalmente por la intervención de especialistas en la excavación, pudiendo recuperar información de primera mano que de otra forma se perdería. Nuestro país, en ese momento se convertía en el único donde se habían realizado excavaciones arqueológicas en las montañas, primero en San Juan en 1963 y esta vez en el Aconcagua 22 años después. Los estudios de laboratorio realizados tanto en el cuerpo como en los objetos que formaban parte del ajuar, no sólo complementaron la información existente de los dos casos similares (Cerro El Plomo en Chile y el Toro en San Juan), sino que se realizaron innovadores y completos estudios, generando una valiosa información sin precedentes que contribuyó al conocimiento de la cultura incaica y la ceremonia de ofrenda de niños, conocida como “capacocha”. Por otra parte, marca un precedente importante en relación a la comprometida actitud de los montañistas que, en lugar de “jugar” a ser arqueólogos, dieron discreto aviso a los especialistas, salvando de esta manera un patrimonio tan valioso de nuestra tierra.

Recien llegados al sitio del hallazgo en el Aconcagua,
uno de los expedicionarios observa el
fardo funerario
Nuestras montañas en los Andes no solo fueron lo que vemos, sino que estuvieron cargadas de significación religiosa, fueron “apus” o deidades que protegían a las comunidades, dotándolas del principal y vital recurso, el agua. Nuestra generación de montañistas y las sucesivas, tiene la responsabilidad de ser celosos custodios de estos adoratorios prehispánicos y, aunque no sepamos nada respecto de lo allí sucedido, basta con tomar conciencia que eran lugares sacralizados, eso debería ser más que suficiente para no violentar nada ni llevarse recuerdos. Los santuarios de altura dependen de nuestra sensibilidad y compromiso para su conservación, caso contrario, sólo quedarán algunas fotos, escritos y vagos recuerdos de algo que se perdió y quejarás se volverá a recuperar.

Tapa del libro "Aconcagua, un enterratorio a 5300 metros de altura"
de Juan Schobinger
Inca Editorial, Mendoza, 1995