Los Inkas y el uso de Plantas Alucinógenas
Religión y Rituales
- por Christian Vitry, Antropólogo -
Los Inkas utilizaron una considerable cantidad de sustancias con propiedades psicoactivas tanto para sus ceremonias rituales como para usos medicinales. Sin embargo, el empleo de este tipo de drogas naturales utilizadas por ellos tiene sus orígenes en las profundidades del tiempo. Estudios arqueológicos comprobaron que en las sociedades andinas el uso de plantas alucinógenas data del 2.000 a.C. aproximadamente, asimismo, gracias al complemento de los estudios etnográficos se sabe que la forma de consumo se manifestaba por vía oral, nasal, fumando en cigarros, pipas, consumiendo las plantas o partes éstas y a través de enemas.
En los Andes, los utensilios más frecuentes relacionados con esta actividad fueron confeccionados en cerámica, rocas o hueso, con formas de pipas, tubos inhaladores y tabletas. Por otra parte, existen algunas manifestaciones artísticas plasmadas en petroglifos y pinturas rupestres que algunos investigadores interpretan como motivos relacionados con el consumo de tales sustancias o bien que fueron realizadas bajo el efecto de éstas.
En el continente americano es donde se registró la mayor diversidad de vegetales con principios psicoactivos, lo que se traduce en casi un centenar de plantas alucinógenas que formaron parte importante del mundo ideológico antes de la llegada de los europeos.
El consumo de plantas con propiedades psicotrópicas fue muy común en el mundo prehispánico, al decir común no se debe confundir con masivo ni cotidiano, pues, por lo que se sabe, el contexto de dicha actividad estaba restringido al ámbito religioso y el consumo era privativo de especialistas de una elite.
Los vegetales portadores de estas propiedades capaces de causar en las personas sensaciones extrañas, interpretadas en ese momento en relación con lo mágico y sobrenatural, fueron considerados sagrados y de gran importancia en la vida social y religiosa, como muchos elementos de la naturaleza. Si contextualizamos el mundo inka en particular y andino prehispánico en general veremos que iteractuaban en un universo donde lo natural y cultural formaban una unidad indisoluble, donde las montañas fueron apus o dioses con los cuales las personas se relacionaron a través de un diálogo diferido mediado por las ofrendas, un mundo en el cual se creía que las piedras tenían almas, los espíritus habitaban en los manantiales y donde la muerte de un niño podía restaurar el equilibrio del universo. Donde la tierra y el mar se manifestaban como deidades femeninas (Pachamama y Mamacocha), un mundo dinámico de objetos inanimados con vida y sentir.
En este contexto cultural una enfermedad era el resultado de la ruptura del equilibrio con las fuerzas sobrenaturales, materializadas en elementos de la naturaleza, y, el contacto con las deidades se podía realizar mejor bajo los efectos de ciertas plantas portadoras de misteriosos poderes.
Magia, enfermedad, vegetales, astros y otros elementos se vinculaban en el calendario inka durante el mes de septiembre, momento en el que se realizaba la fiesta del Coya Raimi (festejo de la reina o gran fiesta de la luna), en la cual se expulsaban las enfermedades. Comenta el cronista Felipe Guaman Poma de Ayala que el inka mandaba a los pueblos a hombres armados como para la guerra, quienes lanzaban fuego con sus hondas diciendo en voz alta “¡Salgan, enfermedades y pestilencias entre la gente y de este pueblo! ¡Déjanos!, mientras se rociaban todas las casas y calles con agua limpiándolas. Esta fiesta la hacían en toda la extensión del Tawantinsuyu, desde el sur de Colombia hasta el norte de Mendoza y Sur de Santiago de Chile.
Muchos investigadores del tema coinciden en que el uso de sustancias psicoactivas estaban relacionadas con ciertas enfermedades mentales, especialmente para el tratamiento de ciertos desórdenes depresivos que se manifestaban en personas de la elite inka, en familiares directos de los gobernantes, tal es el caso de la tercera Coya o Mama Cora Ocllo, esposa principal de Lloque Yupanqui Inca, quien sufría de esta enfermedad, dice Guamán Poma que ella comía muy poco, bebía mucha chicha y lloraba permanentemente. Se sabe también que Mayta Capac, el cuarto inka, era un hombre melancólico y de pocas luces.
En nuestra región existen numerosas plantas con tales propiedades que fueron usadas por las sociedades prehispánicas como por ejemplo el cebil, molle, tarco, palán palán y numerosas especies de hongos y cactáceas. De todas ellas la más emblemática es el cebil (Anadenanthera colubrina), árbol conocido también como Curupari, Curupau, Huilca, Wilka, Vilca o Villca. Las semillas del cebil se fumaban en el noroeste argentino hace ya 4.500 años. En San Pedro de Atacama, ubicado al Norte de Chile, los arqueólogos excavaron numerosas tumbas y, en la mayoría de ellas, se hallaron utensilios relacionados con la ingesta ritual de cebil (tabletas de rapé, tubos inhaladores, morteros para triturar las semillas y pipas), lo interesante de esto es que el cebil crece a varios cientos de kilómetros al oriente de esta región, justamente en las Sierras Subandinas de nuestro país y su continuación hacia Bolivia.
En el antiguo Perú, el cebil (Villca) cobró gran importancia religiosa, al punto que los sacerdotes de alta jerarquía y adivinos se les llamaba Villca Camayoc, a un santuario (huaca) lo llamaron Vilcacona, a una montaña adorada la nombraron Vilca Coto, un cordón montañoso de carácter sagrado se llamó y llama Vilcanota y quizá también la mítica ciudad de Vilcabamba ubicada en las proximidades de Machu Pichu esté relacionada con este nombre.
El nororiente argentino y oriente boliviano fueron los lugares de donde salía y se distribuía regionalmente el cebil, lo que implicó una compleja red de relaciones a través de rutas, sendas y caminos que fueron utilizados durante miles de años y que hoy apenas conocemos.

El dibujo de la esposa principal de uno de los gobernantes inkas sufría de lo que hoy se conoce como depresión, posiblemente fuera tratada con sustancias vegetales con propiedades psicotrópicas.
Grabado de Felipe Guamán Poma de Ayala, cronista de la época colonial.
Foto1 y Dibujo 2: Tomado de Schultes y Hofmann, 2000.