Andreas Madsen
Un hombre de la "Patagonia Vieja"
Revista "Camping" Nº 6 junio 1966
Archivo de la Biblioteca del CCAM
- Por J. Pablo Schifini -
"Más de una vez pensé que la mayoría de los "pioneers" en todo el mundo tienen un grano de locura, si nos atenemos al canon ciudadano".
Andreas Madsen
1881 - 1965
Conocí a Andreas Madsen en enero de 1960, allá en su "Patagonia Vieja". Andaba ya por los 79 años pero mantenía una lucidez y una memoria envidiables... y, lo que era mejor, seguía montando a caballo "tan bien como el más joven".

Andreas Madsen
Charlamos apenas unas horas en la casa vieja de los Halvorsen, sus vecinos de tantos años. Digo charlamos, aunque quien hablaba era él. Yo sólo atinaba a escuchar, y lo hacía como en sueños, volviendo a vivir viejas anécdotas e historias, estampas vivas de aquella Patagonia que él había conocido, en la cual él había luchado y que él había contribuido aunque sea en pequeña parte a forjar.
Pues Andreas Madsen perteneció a la generación de hombres que en los primeros decenios de este siglo se establecieron y poblaron aquéllas grandes extensiones vírgenes, luchando día a día, mes a mes, año a año, contra la soledad, el viento, las nevazones, las privaciones, el destino y las distancias.
Nacido en 1881, en la aldea de Handbjerg, al oeste de Jutlandia, Dinamarca, tuvo una infancia dura y a los 15 años se fugó para embarcarse en un velero. Un día - ya tenía 19 años - desembarcó en Buenos Aires "para probar mejor suerte en tierra"
Un trabajo ocasional en la Comisión de Límites que dirigía el Perito Moreno lo llevó hacia el sur, hacia aquéllas tierras que serían su segunda patria.
Fue un pionero en el sentido cabal de la. palabra. Primero en establecerse con su compañero Fred Otten en la zona del Lago Viedma, se quedó allí "prendido para siempre".

Casa de Andrea Madsen
Allí fundó su hogar en aquel "rancho viejo" construido con sus propias manos; allí, a la vera del Río de Las Vueltas, frente mismo al majestuoso Fitz Roy, el rey de los Andes australes.
Y fue allí donde lo conocieron en su hospitalidad patagónica los escasos viajeros que recorrieron aquéllas lejanas zonas. Y fue allí donde lo conocieron los andinistas que año tras año fueron descubriendo las bellezas de esos cerros que se hicieron famosos en el mundo entero: el Fitz Roy, el Torre, el Pier Giorgio, el Polone, el Adela, el Marconi y la interminable planicie del Hielo Continental.
¿Cómo era aquella Patagonia? ¿Cómo vivían aquellos hombres?
Dejemos que don Andrew mismo nos lo vuelva a contar. Hojeemos algunos de los libros llenos de vida que nos dejó.
Con la comisión de límites
De su primer viaje con la Comisión de Límites, nos dice: En noviembre de 1901 salimos de Buenos Aires para la Patagonia, desembarcamos en Puerto Madryn y seguimos por tren a Trelew, y de allí por tierra al lago Buenos Aires.
Los carros de la colonia Galense en Gayman condujeron nuestras provisiones hasta el lago; de allí las llevamos nosotros hasta donde pudimos con cargueros, siguiendo el río Ibáñez a través de la Cordillera. Cuando no podíamos adelantar ya con caballos y mulas, armábamos un "campamento general", y allí quedaba el cocinero a cargo de las cosas y los animales, mientras nosotros continuábamos a pie, cargando cada uno 45 kilogramos.

Andreas Madsen en 1930
El trayecto era pésimo - matorrales y pantanos - y al cabo de dos días de lucha sin progresar casi, regresamos con otros dos para armar un bote de lona. Yo era el constructor (pues la Comisión me había contratado por ser marino) y en un par de días lo tuvimos listo.
Con el bote avanzamos firmemente, y como siempre hubiera una orilla libre de maderos, solíamos utilizar esa orilla para el transporte, cruzándonos frecuentemente de una á otra.
Durante 28 días vivimos empapados hasta los huesos, pues llovía terriblemente; de noche encendíamos una gran fogata para secarnos, y la rodeábamos tan desnudos como Adán, armados de largos palos para arrimar al calor la ropa interior. Una vida dura, de lucha constante, de superación continua.
Es en ese viaje que Madsen comienza a conocer a aquéllos hombres rudos, libres y vagabundos que serían luego sus compañeros. Con ellos recorrió luego toda la extensión patagónica.

Pensar alto, sentir hondo, hablar claro, así reza en la puerta de entrada del que fue hogar de Madsen
a la vera del río las vueltas, al pie del Fitz Roy (Chalten)
Siempre llevábamos una bolsa de sal atada al cabezo de la silla, así como armas de fuego, boleadoras, mantas y cojinillo de piel de oveja. Esa era nuestra cama, con la silla de almohada, un poncho de frazada, y de abrigo cualquier matorral. Nos sentíamos dueños de toda la Patagonia, de los Andes al mar, donde nadie nos disputaba el derecho al vagabundeo.
Es así que cuando la Comisión de Límites termina su cometido, Andrew se encuentra de pronto solo en la tierra virgen.
"Este era el mundo de mis sueños de niño: espacio sin límites y tierras sin dueño..."
Fue entonces que se topó con Fred Otten, quien tuvo muy poco trabajo para convencerlo de quedarse "para buscar oro, cazar avestruz y guanaco ".
"Teníamos un vínculo - nos dice -: la común ansia insaciable de averiguar qué había más allá de cada loma".
La propia casa
Las paredes de mi choza, la primerisima de Viedma interior, era de troncos, recuadrados en dos costados y apilados uno sobre otro. El techo, de palos hendidos y amarrados entre si por tientos de cuello de guanaco - cuero muy fuerte con el que se hacen sogas y lazos -, iba recubierto con cueros de guanaco.
En definitiva, una mezcla de choza de troncos y de toldo indio, de 3, 60 por 3, 60 metros, amueblada con dos tarimas también de palos hendidos, un gran fogón en el centro y, como chimenea, un simple agujero en el techo.
¡La casa propia¡ Supongo que cada "pioneer" de verdad habrá sentido la misma urgencia; crear y conquistar sin destruir. El verdadero "pioneer no destruye".
Este era su leitmotiv. Con estos principios basó don Andrew toda su vida.

Cruzando el río Fitz Roy en la carreta de bueyes de Madsen
Primera ascensón del Fitz Roy, expedición francesa
Y en frases como éstas, "conquistar sin destruir", es que descubrimos tras el pionero, tras el conquistador, al hombre en toda su dimensión humana.
"!Esa era mi choza, mi hogar hecho con mis propias manos... Sáquese a la gente de sus pocilgas en las grandes ciudades, désele a cada uno un pedazo de tierra y enséñesele a cada uno a construir algo, algo que pueda llamarse suyo... cuánta miseria y cuánto sufrimiento se eliminarían!”
Su vida fue un ejemplo y un mensaje: supo ser hombre, supo ser humano aun en las dificultades más grandes, aun en la soledad más absoluta.
Como cuando se quedó con pocos compañeros un largo invierno en medio de la nieve en la meseta patagónica con las carretas de bueyes, se les murieron todos los animales y se quedaron hasta sin sal; como cuando se quedó seis largos meses completamente solo, sin ver a nadie, en su rancho recién, construido esperando a su compañero Fred que había ido por provisiones; y cuando en esos seis meses de soledad se quebró una clavícula...

Invierno de 1940, en primer plano la vivienda y al fondo el galpon taller
El Fitz Roy (Chalten)
Madsen amaba profundamente la naturaleza, y aquellas tierras que había elegido como morada, una de las zonas más bellas y fascinantes de la tierra.
Frecuentemente iba hasta un punto que dominaba el Río de las Vueltas, y desde allí tenía la más maravillosa de las visiones. El amanecer sobre el cerro Fitz Roy (Chalten) constituye un cuadro como para cautivar al más exigente artista.
Los picos de la montaña se perfilan nítidos en la luz del alba, en contraste con la profunda sombra del bosque a su pie; luego, de repente, los primeros rayos del sol parecían jugar sobre las cimas, como luces de San Telmo en los masteleros de un barco. Después era imponente verlos extenderse hacia abajo, hasta revelar en púrpura la totalidad del cono del Fitz Roy, como si le hubiera tocado la vara dorada del mago; el valle entero se inundaba de luz, y centenares de metros más abajo serpenteaba el Río de las Vueltas, deshaciéndose en cantidad de arroyuelos, como hilos de plata en gigantesco estuche verde.
A veces me quedaba horas hipnotizado en mi contemplación, mientras los ciervos pastaban apaciblemente en mi derredor, y no podía menos que inclinarme reverente meditando sobre la frase: "Gracias mi Dios; sé que estás aquí, junto a mi".
La admiración del estupendo escenario me hacía imaginar a valles y pampas pobladas con colonos fuertes y sanos, y tras de éstos una nueva generación de espíritus abiertos siguiendo sus huellas. Mi sueño de entonces se está realizando y no ha sido en vano el trabajo de los precursores.

La caza de un dia, Libro la Patagonia Vieja de Andreas Madsen
La destrucción
Su fibra más íntima vibraba poéticamente en el contacto diario con la naturaleza misma, indómita, bravía y fuerte, pero a la vez bella y amada.
¿Cómo no rebelarse pues contra el "cristiano súper civilizado que mata por puro gusto de matar o por codicia"?
¿Y "contra esas grandes companías y su capital sin alma" que destruyeron y arrasaron con los bosques y animales?
Cuando cierro los ojos y vuelvo al pasado, me produce tristeza y pesadumbre recordar el bosque de antes con sus millares de ciervos paciendo apaciblemente, sin temor al hombre; con sus millares de zorros grises, plateados o colorados, igualmente
sin temor, que a veces seguían al caballo como perros, o se metían entre estos o se sentaban en círculo, alrededor del campamento casi a la luz del fogón, esperando se les lanzara algún hueso o un trozo de carne.
Reabriendo los ojos, contemplando al bosque de hoy, quemado y desnudo, sin un ciervo en millas y millas; el zorro colorado se ha extinguido, y no es fácil ver uno gris en todo el año.

Andreas Madsen
Sus compañeros
¿Qué recordar de aquéllos hombres, sus compañeros de luchas y de aventuras?
Veamos: tras el rodeo anual de yeguas y vacunos se debía realizar un arreo (que duraba ocho días) desde la estancia Viedma, primera al sur del lago Viedma y contorneando a éste.
Así pintaba don Andrew a sus compañeros de esa ocasión:
Arauco, el capataz, era gaucho argentino típico, hombre de una pieza, parco en el hablar pero preciso y sentencioso. Todos queríamos trabajar con él, pues era parejo con todos, sin distingo de nacionalidad y sólo contaba la valía de cada uno en la faena.
Seguíanle Funes, argentino también, pero distinto de Arauco, aunque de temperamento agradable. Luego Roberto Garcé, conocido por "Parafina", chileno y uno de los mejores hombres que conocí, para cualquier trabajo, especialmente a caballo; por bravo que fuera el toro o indócil la tropa de yeguas, "Parafina" siempre ganaba la batalla. Otros dos chilenos, Bahamondes y Juan Coloma, éste uno de los mejores.
Cerraba el grupo Ricardo Kaschewske, viejo amigo de toda la vida y tipo endemoniado, capaz de montar a cualquier animal por puro gusto.
La primera vez que vino al Viedma, en 1911, "Rick" se trajo dos tropas numerosas de caballos, 28 en total, y nunca vi semejante lote de resabiados, pero él estaba en la gloria. Los había comprado allá por La Esperanza, casi por nada, de gente que no los quería o no se les animaba. Cuando yo, u otro cualquiera, teníamos que montar un animal chucaro, Rick saltaba como un muchacho:
- Déjenmelo a mí.
Siempre estaba dispuesto y alegre y cualquiera se sentía orgulloso de llamarse “su amigo".

Andreas Madsen y Carlos Bertomeu 1956
Boulanger
¿Y qué decir de sus luchas y cacerías con los pumas?
De repente vi asomar entre un monte al foxterrier, bastante más abajo del lugar en que me encontraba. Me miró y se volvió a toda carrera hacia abajo del barranco.
Comprendí que habían perdido la pista del puma, pues los perros jamás ladran, salvo cuando lo ven (hablo de los perros bien enseñados, porque hay algunos cimarrones que se la pasan ladrando y desorientan al buen cultor de esta rara ciencia).
Me largué en seguimiento del foxterrier y de repente ví a los tres, atisbando al fondo de una áspera quebrada, casi a pique. Me arrastré hasta el borde del precipicio, boca abajo, pero nada pude ver. Ordené a mis tres ayudantes que siguieran la búsqueda.
Boulanger era corajudo, y fue el que hizo punta. Cerré los ojos pensando que se desbarrancaba, pues se largó por la pendiente como flecha y cuando los abrí ya estaba en el lado opuesto de la quebrada, mirando fijamente hacia arriba. Así se quedó estático. Por momentos me miraba y parecía como si sus ojos quisieran decirme:
"Por allí lo vi".
Inconsciente como de costumbre, me largué para abajo unos cuarenta metros, agarrándome del filo de las lajas; el corazón me decía que Boulanger andaba sobre la buena pista.
Los demás perros se habían reunido con el decano y estaban como paralizados, en esa maravillosa posición de alerta que nos muestra la cabal inteligencia del perro.
Llamé insistentemente a la jauría, pero me ignoraron por completo. "Buena señal", dije para mis adentros, y continué escudriñando el barranco. Del lado opuesto no se veía nada. Me acomodé firmemente en el borde sobre el cual me hallaba y estudié detenidamente el paredón de mi propio lado. A mitad de su altura me pareció observar una pequeña mancha. El corazón me dio un bote, pero luego pensé que era imposible que allí se escondiera el león. Grité, sin resultado alguno; luego comencé a silbar muy despacio y esta vez tuve éxito. De una pequeña grieta surgieron dos orejas.

Río Las Vueltas, Fitz Roy
No conseguí que asomara la cabeza lo suficiente para hacer un tiro seguro. Me resultaba imposible avanzar por el peñasco, pues me hallaba en falso sobre un precipicio de setenta metros lo menos. Tampoco me atrevía a escalar el escarpe hasta el león, por más decidido que me mantuviera en mi empresa.
Se me ocurrió entonces una de esas ideas peregrinas, que en ocasiones me daban buen resultado. Luego de estudiar mi plataforma y el lugar donde estaba mi presa, con miras a conseguir un buen tiro, me di a la tarea de apilar piedra sobre piedra, hasta constituir una especie de pirámide de un metro de alto, bastante firme y ancha. Subí con cuidado y preparé el arma, seguro de hacer buena puntería.
En vista de mi éxito anterior volví a silbar, pues el león no está acostumbrado al silbido, que le despierta curiosidad.
Poco a poco fue asomando la cabeza, dos o tres centímetros sobre la cornisa y entonces disparé, con lo que desapareció y no volvió a asomarse. Esperé unos minutos y volví a silbar. Nada.
Como se hiciera tarde, decidí llegar, aun a riesgo de despeñarme, hasta el escondite tan bien logrado.
Me saqué botas y medias y comencé a escalar el barranco, bastante preocupado ante la idea de que el bicho se estuviera haciendo el muerto y de un manotón me largara hasta el fondo.
Llegado a la altura por donde se había asomado, tanteé con la mano y nada encontré. Entonces asomé prudentemente la cabeza y miré: allí, dentro de un pequeño nicho de piedra, estaba el león, bien muerto, con una bala atravesándole el cerebro.
La difícil posición en que me encontraba no era como para hacerse el "gallo", de modo que me afirmé en una fisura de la roca y llegué hasta la cornisa donde mi nueva víctima había intentado guarecerse.
Con grandes precauciones hice resbalar el cuerpo hasta el borde del acantilado, tratando de que cayera sobre un montón de piedras. Pero me había olvidado por completo de los perros, que estaban precisamente junto a la pirámide y que ni bien cayó el puma se le abalanzaron furibundos. El lamentable resultado fue que el bicho cavó al abismo, rebotando de piedra en piedra, hasta perderse de vista.
Esto me obligaba a dar un gran rodeo, descendiendo unos cien metros. Me dio mucha rabia mi imprevisión, pues a buen seguro que el cuero quedaría destrozado con la caída. Por más amigo que soy de mis perros admito que el lenguaje en que les hablé por un rato debió parecerles muy poco estimulante y académico.

Casa de Andreas Madsen
Cuando conocí a Madsen, allá en la casa de los Halvorsen, conocí también a Boulanger, su fiel compañero de tantas y tantas aventuras.
Ahí lo tiene, me dijo, ya se va poniendo algo viejo, como yo, pero todavía me sigue cuando ando a caballo a cazar. Claro que mi puntería y sus garras no son las de antes.
Claro, don Andrew, su puntería ya no es la de antes.
La Patagonia tampoco es la de antes, don Andrew.
¿Debemos añorar el pasado?
No, no creo. Quizá cada época tiene sus luchas y sus pioneros jóvenes.
Nosotros, que pertenecemos a una época tan distinta y sin embargo tan cercana a la suya, queremos expresar que sabemos reconocer en hombres como usted el coraje, la valentía, el espíritu de lucha, pero más que nada, la voluntad imperiosa y tremenda de vivir y de construir.
Y aunque no podamos acompañarlo totalmente, don Andrew, lo comprendemos y lo valoramos cabalmente, cuando usted nos dice:
¡Pobre Patagonia!
Tu romanticismo está muriendo; los pintorescos centauros nómades de la llanura están ahora desplazados por automóviles de toda marca, por pesados camiones cargados, jadeando con sus fardos de lana sobre la pampa.
Supongo que así será mejor; y yo seré el último que se oponga al progreso, pero me entristece ver la destrucción de naturaleza y tradiciones que ella deja en su estela...
Nota Editorial:
En sus últimos años, Madsen se radicó en San Carlos de Bariloche (Provincia de Río Negro), donde se encontraba acompañado de sus familiares, falleciendo en 1965 a la edad de 84 años.
El 3 de febrero de 1971, Gendarmería Nacional trasladó sus restos a la zona del Fitz Roy, donde descansa junto a dos de sus hijos en un pequeño jardín, entre arbustos y halamos, en su vieja estancia.
Biografía:
- Patagonia Vieja Andreas Madsen, Ed. Ciordia y Rodrlguez, 1952.
- Cazando pumas en la Patagonia Carlos A. Bertomeu y Andreas Madsen. Ed. 1956.
Área Restauración Fotográfica del CCAM: Natalia Fernández Juárez
Libro Relacionado:
- Patagonia Vieja. Bocetos de la Patagonia Vieja. Autor: Andreas Madsen