Supervivencia a 7000 mts. Aconcagua, Provincia de Mendoza
Revista "Aventura", Año 4 N° 24 1986
Archivo de la Biblioteca del CCAM
- por César Pérez de Tudela -
La curiosa noticia de que un español se había establecido para lograr el tiempo record de dos meses en la cima del Monte Aconcagua, a 6.956 metros, me hizo recordar mis aventuras por aquellas laderas. Enseguida renació mi deseo de volver a la experiencia de la cumbre, y, en lugar de preparar mi ascensión al Monte Kenia, como tenía previsto, pensé en escalar, dieciséis años después de mi primer ascenso, la célebre montaña para entrevistar a Fernando Garrido, a quien conocía por referencias.

Ubicación del Aconcagua, Mendoza, Argentina
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El Aconcagua es una montaña que, como alguna otra, está indefectiblemente unida a mi vida y a mi historia. En él viví una de las más terribles y grandiosas experiencias al estar perdido en su vertiente oeste durante cinco días, cuando ya habían preparado mi placa en el cementerio de Puente del Inca. A pesar de ello, volví un año después a su cima, cuando las circunstancias me forzaron a traer de allá el libro de la cumbre, lo que motivó una agria polémica. Soy, en alguna medida, uno de los mayores divulgadores de tan especial montaña, y era razonable que la curiosa y admirable supervivencia de Fernando Garrido no me fuera ajena, y quisiera conocerla de forma próxima. Y, sin pensarlo demasiado, me fui hacia el Aconcagua, dispuesto a recordar viejas experiencias. La vida – pensé - es una constante decadencia.
Sólo estos momentos de peligro, dureza y exaltación frenan la rampa vital.

Parque Provincial Aconcagua
Fernando Garrido es un joven alpinista aragonés, del que ya conocía que había sido capaz de subir sólo al Annapurna 111°, un pico del Himalaya de 7.500 metros. Aquella vez Garrido se alzó inteligentemente sobre una difícil cumbre siguiendo y aprovechando las huellas de una expedición catalana que no llegó, sin embargo, hasta lo alto. Escribió un sencillo relato en el que hablaba de sus esfuerzos y de la soledad de tantos días. Garrido, profesor de esquí en la Molina, tenía el proyecto de batir el "record" de permanencia en grandes altitudes, que ostentaba el francés Nicolás Jaeger, un médico alpinista francés que, en 1979, había estado 59 días en el Collado del Huascarán, de más de 6.300 metros. Jaeger había basado su tesis doctoral en el comportamiento del hombre a tales alturas y escribió después un libro sobre la soledad. Fernando Garrido escogió una montaña más dura en climatología y más alta. Si aguantaba los días que tenía previstos, superaría - como así ha sido - la extraña pero muy interesante experiencia de Jaeger.
Me puse en camino del Aconcagua cuando el español llevaba más de cincuenta días en la altura. No tenía tiempo que perder si quería realizar la misión periodística más alta del mundo: una entrevista a 7.000 metros. Recordaba la extrema dureza de la ascensión al Aconcagua y podía no llegar a tiempo si me descuidaba o Fernando desistía de su aventura.
Para subir al Aconcagua, y desde hace muchos años, un decreto del gobierno de la provincia de Mendoza exige un permiso que hay que gestionar. Actualmente, basta probar la capacidad física con un reconocimiento médico. En otros tiempos, había que dejar fianza en dinero, cumplimentar largos cuestionarios en la policía, someterse a pruebas físicas en la altura y demostrar que se llevaba un equipo adecuado. El decreto que exige el permiso es sólo una advertencia de que el Aconcagua, montaña de enorme altura, tiene unas características muy especiales: está muy próxima a zonas pobladas y tiene una ruta que la pone al alcance de cualquier aventurero osado, sea o no técnico en alpinismo. Y ése es su principal peligro entre otros que ya explicaremos. Sea lo que fuere, en sus laderas han fallecido más personas que en cualquier otra montaña de la Tierra.
Quería realizar la misión periodística más alta del mundo: una entrevista a 7000 mts.
Y este último año, el Aconcagua estaba despertando sus defensas: tres japoneses habían desaparecido a 6.800 metros de altura, y los cadáveres todavía no han sido recuperados. Un arriero que me acompañaba, llevándome algo de peso hasta la llamada "Confluencia", me decía:
El Aconcagua está furioso desde que el año pasado le han quitado la momia y el tesoro. Inmediatamente, un día después, hubo un movimiento sísmico en Mendoza y en Santiago.
Una expedición del Club Andinista de Mendoza que subía por la vertiente Sudoeste descubrió en uno de los contrafuertes un niño momificado y con el cráneo taladrado; junto a él, figuras de oro finamente talladas que representaban guanacos. La momia y el tesoro fueron depositadas en el Museo de la Universidad de Cuyo. Hasta allí, y muy posiblemente hasta la misma cima sur, debieron llegar para realizar sus sacrificios los incas, que dominaron la mayor parte de los Andes.

Campamento en la cima del Aconcagua detras se ve la pared y la cumbre Sur Fernando Garrido
Estos datos y otros muchos, que arqueólogos andinistas están recogiendo, demuestran que, sin lugar a dudas, aquellas gentes – algunos - fueron capaces de realizar estas supervivencias y gestas deportivas que apabullan a los modernos alpinistas cargados del más exigente equipamiento.
Sobre los 4.300 metros, en "Plaza de Mulas", base del Aconcagua, en la pequeña cabaña refugio, un cartel:
"Desde el día 8 de Diciembre estoy en la cima. Si os sobra algo de comida o gas, dejarlo en el Refugio Berlín. Estoy a cien metros hacia el glaciar de los polacos. Fernando Garrido. Expedición hispano-chilena de supervivencia a 7.000 metros"
Y otro que decía:
"Arriba compañero, arriba un poco más. Coraje, fuerza y alma para poder llegar"
Y yo sabía que todo eso me haría falta y le haría falta a Fernando para pervivir entre el tremendo frío, el viento implacable y las brumas de la altura.
Bajo una piedra, un japonés de cara afectuosa lleva tiempo inmóvil y pensativo. Es Tetsuo Abe, que acaba de bajar de la cima. En lo alto ha dejado muerto a su compañero Toshiaki Yamada. En el transcurso de la ascensión por la pared sur les faltaron las bombonas de gas, y no pudieron derretir el hielo y la nieve suficientes para ingerir líquidos. Yamada murió deshidratado. Los españoles y argentinos que nos hemos reunido procuramos dar un poco de calor al superviviente, y poco a poco se va animando con los tragos de sopa caliente o con el guiso de patatas extremadamente duras que el español Ramón Portilla cocina con un espíritu admirable. Portilla cuenta su ascensión y los vómitos de sus compañeros afectados por la "puna". Tito Claudio, guarda del refugio del Naranjo de Bulnes, que viene de la Patagonia, no para de narrar su escalada al famoso Cerro Torre. Este es el año de los españoles en el Aconcagua. He contabilizado alrededor de veinte alpinistas que han merodeado por las vertientes de esta montaña: pared sur, "Ruta de los Polacos", vertiente norte.
Es de noche. Se nota una cierta sequedad en la garganta y un ligero malestar en la cabeza. ¿Cómo seguirá Fernando Garrido? Ciertamente tiene que tener una extraordinaria aclimatación después de tantos días sometido a esa descompresión de los 7.000 metros.

Campamento en la Cima del Aconcagua Al fondo se ve el Nevado Juncal Fernando Garrido
Todos los candidatos a la cima hacen bien la aclimatación. Duermen dos o tres días a 4.300 metros. Suben a los 5.000 y descienden nuevamente. Uno o dos días después, regresan a cotas superiores y así, subiendo y bajando, van espesando la sangre para aclimatarse. Yo soy un caso especial. Tengo la manía de ir siempre aprisa. También creo que es mejor subir seguido y sin bajar. Por otro lado, tengo la ilusión de escalar esta vez por la arista suroeste, que termina en un precioso filo de hielo. Me pongo en marcha caminando muy lentamente, pensando en alcanzar la cima en dos o tres días a lo sumo y entrevistar a Garrido. ¿Cómo estará? He preguntado a algunos que descendieron de la cumbre y no le han visto. Se llega tan cansado arriba que hay que tener muchas ganas para descender cien metros que habrán de ser subidos nuevamente. El día, en la altura, se hace muy corto. Al atardecer he superado los 5.400 metros. Me encuentro en forma y me dirijo hacia los contrafuertes donde comienza la arista. Pronto se levanta un fuerte viento, y me veo obligado a montar un vivac improvisado. Derrito hielo con el hornillo para ingerir la mayor cantidad de líquido posible. En cuanto el frío y el viento lo permiten me pongo nuevamente en marcha desechando la idea de subir por la arista. Mi compromiso es llegar a la cima para ver a Garrido, pero pronto me doy cuenta de que es necesario bajar. La cabeza me da vueltas y doy pasos vacilantes. Son síntomas inequívocos de una falta de aclimatación, por lo que decido descender.
El Aconcagua, montaña de enorme altura, en cuyas laderas han fallecido más personas que en ningún otro monte de la Tierra. Subiendo de un tirón hasta los 5.800 m.
Al día siguiente, recupero lo perdido. Subo de un tirón hasta los 5.800 metros. Allí se encuentran los tres pequeños refugios de madera, muy deteriorados. En el "Berlín", desmantelado y sin techo, está el almacén de víveres de Fernando, formado con lo que los andinistas han ido dejando. Es un lugar al que la gente desiste de subir. Un viento constante, la baja temperatura y ese extraño y misterioso malestar que la "puna" produce (mal de altura) son causas suficientes para perder la ilusión. Me refugio en una de las dos cabañas restantes, en la que hay que entrar en cuclillas y permanecer sentado. Cocino lentamente una sopa y compruebo que la temperatura, dentro de la cabaña, es de 25 grados bajo cero. Sólo deseo descansar para continuar al amanecer hacia la cima. Creo que habría desistido de mi proyecto si no hubiera tenido una misión concreta que cubrir. Se trata de sobrevivir ante tanta inclemencia y tanta dureza. Esta noche el viento es violento en las zonas altas de la montaña. Garrido tendrá que estar aferrado a su tienda para evitar que el aire la levante. ¡Qué voluntad y qué ilusión la de ese aragonés! pienso mientras las turbulencias suenan por los canales del Aconcagua.
La noche la pasé bien, aunque con esa sensación de asfixia tan difícil de soportar. Si te pones nervioso y quieres aspirar más aire es cuando puedes tener inconvenientes. Hay que estar tranquilo para no producir ninguna exigencia respiratoria. Antes de los 6.300 metros me encontré a un americano de aspecto muy fuerte que bajaba – increíble - en zapatillas de deporte con bolsas de plástico en los pies. Hablaba nerviosamente, y pensé que estaba bajo los efectos de la altura. Le acompañaba un francés con la vista fija, los mocos colgando, helados, y una sonrisa permanentemente congelada en los labios. No habían visto a Fernando Garrido en la cima; sin duda llegaron muy agotados y no miraron hacia el "Glaciar de los Polacos", donde al parecer tiene establecida su tienda. Me dio miedo seguir subiendo y descendí nuevamente a los 5.500 metros, a los mismos pequeños refugios donde había pasado la noche anterior. Llegué extenuado y me metí en el saco de dormir con mucho esfuerzo.

Entrevista en la cima del Aconcagua a Fernando Garrido por Cesar Perez de Tudela
A la mañana siguiente me levanté decidido a comenzar el suplicio de la escalada final. Me encontraba totalmente arrepentido de haber emprendido esta aventura. Para mí, ya estaba bien del Aconcagua. Sólo deseaba llegar arriba y entrevistar a Garrido, cumplir mi objetivo periodístico. No podía fracasar. Alcancé el refugio "Independencia", en otro tiempo llamado "Eva Perón", que fue catalogado como el refugio más alto de la Tierra. Es sólo una especie de caseta para perros grandes, sin techo y lleno de cosas de Fernando, a unos 6.500 metros de altura. La temperatura ha dulcificado mucho y sólo registro 15 grados bajo cero. Reemprendí la ascensión efectuando un largo flanqueo hacía el oeste y dejando a mi izquierda la ruta de las "canaletas". Subiendo, trepando en una sucesión de rocas fáciles, viendo la arista sobre mí, me daba cuenta del suplicio que estaba viviendo y que más o menos sufren todos los que consiguen alcanzar la misma cima. Algunas veces presentía que ya no podría subir un metro más. La mente se quedaba vacía, sin ser capaz de tomar decisión alguna. En estos momentos, y es algo que ya he comprobado en más ocasiones, es el subconsciente el que manda; estás en el mundo de los sueños. Yo procuraba exigirme una extrema concentración mental y así subía quince o veinte metros.
A veces, pensaba con la tranquilidad del que está plácidamente soñando o no sé si incluso gritando, que estaba perdido, viendo alucinaciones y absolutamente sin fuerzas. No soy más que materia agotada. En el Aconcagua se está en los últimos metros, en la frontera del más allá, y esto, estoy seguro, lo han sentido la mayor parte de los aventureros, curiosos y alpinistas que han intentado llegar a la cumbre, lo recuerden o no.
¿Cómo serían las vivencias de Garrido, que llevaba casi dos meses en la cima?
Yo podía recordar, entre brumas de recuerdo y alucinación pasada, mis días perdido e inconsciente por las laderas de esta montaña, en 1970, y renacían mis terrores sólo al haber vuelto a ver las quebradas y los glaciares por los que transité.
Por fin llegué a la arista y pude contemplar muy próxima la cima sur del Aconcagua y, justamente debajo, el enorme precipicio helado de la vertiente sur, por donde en esos momentos caía una avalancha de hielo. Me costó casi dos horas recorrer la arista y trepar los últimos metros a la cima norte, la más alta. Ya me encontraba más recuperado. Me fotografié sin ninguna ilusión junto a la cruz y vi la cumbre distinta a como yo la recordaba de mis dos pasadas visitas. No perdí tiempo y comencé a descender hacia el este por la nieve. Allá, unos cien metros, abajo había una pequeña tienda azul, en cuyo interior Fernando Garrido, vecino del Aconcagua, domiciliado en los alrededores de la cima, probando su espíritu, esperaba batir el extraño "record" de sobrevivir.

Entrevista en la cima del Aconcagua a Fernando Garrido por Cesar Perez de Tudela
En una tienda azul, muy pequeña, montada en el límite del glaciar de los polacos, a unos cien metros bajo la cima del Aconcagua, está Fernando Garrido. Asoma su cabeza por el agujero redondo de la entrada con una sonrisa.
Cuando sale, nos damos un abrazo y nos hacemos algunas fotos. Es un chico de unos veintiséis años, alto y de aspecto muy deportivo. Yo le encuentro muy bien a pesar del enorme castigo que significa llevar casi dos meses en esta cárcel cósmica, absorbiendo tanta radiación, que parece ser es una de las causas que hacen del Aconcagua una montaña peligrosa.
Fernando está muy contento de verme y de que me quede con él esta noche. Durante estos días, por la cima, han pasado muchos montañeros de distintos países, y muchos también de España - ha sido el año del Aconcagua -, pareciendo como si previamente se hubieran puesto todos de acuerdo. Sin embargo, han sido muy pocos los que han bajado hasta donde Garrido se encuentra. Se llega a la cima, normalmente, en condiciones físicas muy precarias y no se está para visitas.
Aquí, tan altos, y bajo este ambiente tan especial, Fernando y yo iniciamos una conversación cruzada, mientras él, con un trocito de hielo, mientras cacharro, sucio de semanas de sopas, para hacer un café con leche.
Fernando es alto, tiene los ojos claros, y se le nota que es persona de fuerza y coraje. Tiene puesto un pasamontañas y normalmente se encuentra en el saco de dormir. Dentro de la tienda hace un olor fuerte que, al instante, se encuentra ya normal. En el techo, una pequeña foto carné de su novia.
Estoy deseando que lleguen ya dice. Maribel se quedará, sin embargo, en "Plaza de Mulas", aunque sus amigos chilenos subirán a la cima para ayudarle.
Desde el día 8 de diciembre está Fernando en los 7.000 metros, aunque hasta el día 12 no empezará a contar su permanencia en la altura. Primero montó la tienda en la misma cima, pero el fuerte viento le hacía estar muy incómodo, y no era sitio adecuado. Luego se trasladó donde está ahora.

Cara este del Aconcagua Ruta Normal
¿Y tus congelaciones?
Fernando me muestra sus dedos llenos de ampollas. - No es nada. Fue al principio de estar aquí - . De los pies se le cayeron las uñas a los pocos días. También por un proceso de congelaciones que pronto fue controlado.
¿Qué sientes aquí, Fernando? ¿Cómo estás?
Muy adormilado y apático durante casi todo el día. Por la mañana me tomo la tensión - Me enseña el aparato - También hago alguna anotación en el diario. Escucho la radio con frecuencia y duermo mucho.
Garrido me pregunta por la gente de la montaña, y yo me extiendo exageradamente en las respuestas. Estoy hablando - yo - mucho más que él mientras grabo un "cassette" que Fernando ha tenido a bien regalarme, y esto no es de buen entrevistador sino todo lo contrario. Era yo quien tenía que saber preguntarle a él para que él contase mucho. Hablar tanto y con tanta pasión fatiga en esta altura, y noto muy cansado a mi corazón, que ya no es del todo el que fue.
Toma estas pastillas, César. Son para el dolor de cabeza, y estas otras, para dormir. Y yo, que nunca tomo ningún tipo de medicamentos, en esta alta ocasión, no lo pienso. No sé decir que no y me las tomo sin pensar en las consecuencias. Tras el café con leche, Fernando me ofrece hacer una especie de leche en polvo con unas vitaminas del Canadá. Esto es todo lo que se come a estas alturas. Eso y las almendras que yo he subido y que le parecen exquisitas. Me las dieron mis hijas pequeñas para que me alimentase, y para mí tienen un componente especial en estas cotas en que los hombres se aprietan a sus afectos con enorme intensidad.
Me gustaría escribir un libro sobre estos días. dice Fernando. Eso hizo el francés Nicolás Jaeger, que escribió "Cuadernos de Soledad", en los que incluía sus estudios sobre sí mismo. Jaeger, muerto en el Himalaya, estuvo 59 días en el Huascarán, en el collado entre ambos picos, a unos 6.300 metros de altura. Sobre su experiencia, al parecer, el francés hizo su tesis doctoral en Medicina.

Supervivencia a 7000 mts. Fernando Garrido Principio de congelamiento en los dedos
Ciertamente, se sabe muy poco sobre el comportamiento del organismo a esas alturas. Y no digamos del cerebro. He ido tratando de reconstruir, en estos relatos, retazos de impresiones rescatadas a través de mi diario - luego no te acuerdas - de mi apresurada ascensión al Aconcagua, pero no es lo mismo que permanecer tanto tiempo en las alturas. Si Fernando ha tomado, de verdad, anotaciones y se ha observado, tratando de penetrar en sí mismo, puede resultar sumamente interesante - aún desde un punto de vista científico - su experiencia.
Fernando. Debes escribir más en tu diario, hacerte fotos, le digo cuando me confiesa su lógica apatía y sus constantes deseos de dormir. Le animo en lo que puedo, diciéndole que su experiencia es grandiosa, y que la gente está pendiente de él.
¿Cuáles han sido los peores momentos?
Unos días de tormenta y viento. Tenía que agarrarme con todas mis fuerzas a la tienda para no quedarme sin ella. Sin tienda, César, estaría perdido. No soy nada, no soy nada. Y los rayos son algo que no se puede explicar. Una constante claridad, como si el sol hubiera salido en mitad de la noche. Es espantoso.
Pero, después de la tempestad, viene la calma.
Ojala. Y que, en los días que aún me quedan, no tenga viento ni rayos.
Poco a poco, las pastillas contra el insomnio - mal frecuente en las grandes alturas - empiezan a surtir efecto, y la conversación se va haciendo más lenta. Fernando está lleno de proyectos, y yo le ofrezco llevarle a la Antártida si mi expedición saliese.

Fernando garrido Antes de estar dos meses en la cima del Aconcagua estaba fuerte y musculoso |
Fernando Garrido Despues de la prueba
se ven todos los huesos |
Tú ya eres, por derecho propio, un superviviente.
¿La Antártida? ¡Me entusiasmaría!
Estamos el uno frente a otro - contrapeados - en la pequeña tienda, en la que no hace excesivo frío comparado con las cotas inferiores de pasados días.
He llegado a tener 35 grados bajo cero, me dice. Yo, en cualquier caso, he descuidado taparme la espalda y la tengo como el hielo. Estoy completamente vestido, incluyendo las botas dobles, que no me he quitado, y metido en un grueso saco que Fernando me ha dejado.
De pronto, se acuerda de que es día de conexión con José María García.
La noche a 7.000 metros. pasó sin darnos cuenta. Fernando sé toma la tensión, y yo le hago algunas fotos. No sale siquiera del saco. Le deseo toda la suerte que merece.
Días después, Fernando Garrido batiría la marca del francés Jaeguer permaneciendo más de 61 días sobre una cota de alrededor de 6.900 -6.956 metros.
Todavía tuvo que soportar una enorme tormenta con rayos y perdió la conexión radiofónica. El extraño "record" tendrá una finalidad: Fernando escribirá sus experiencias, y de sus anotaciones la Humanidad sabrá algo más de cómo el hombre puede pervivir en las alturas de la Tierra.
Del libro 7000 Metros Diario de Supervivencia
(2 meses en la cumbre del Aconcagua)
Editorial Martínez Roca 1986
- por Fernando Garrido -
Este Libro se lo dedico a papa, mama, y Daniel, que fueron asesinados injustamente por ETA.
Mientras lucha denodadamente por sobrevivir en la cima del Aconcagua, la montaña más alta de Sudamérica, Fernando Garrido escribe su diario íntimo, en el que refleja minuciosamente los detalles de su proeza. Enfrentándose a problemas de oxígeno, vientos huracanados de hasta 200 kilómetros por hora y temperaturas que descienden hasta los 45 grados bajo cero, el montañero logra permanecer 66 días en la cumbre y batir el récord mundial.

Tapa del Libro 7000 metros Diario de Supervivencia de Fernando Garrido
Este libro es un apasionante testimonio de la sed humana de aventuras. «Arriesgarme es mi modo de vivir», dice Fernando Garrido. Y, en efecto, emprende junto a su novia, que le acompañará en gran parte de la aventura, una hazaña única de supervivencia humana en las grandes alturas. En condiciones totalmente inadecuadas para la vida, hasta la mínima tarea de proveerse de agua constituye un esfuerzo sobrehumano. Las enfermedades, las alucinaciones, los imprevistos, forman parte de la vida cotidiana, así como las dificultades para alimentarse y la desesperante soledad. El aventurero solitario plasma con espontaneidad sus temores, sus dudas, su capacidad para suplir con ingenio lo que no posee en medios, sus ansias por regresar a la civilización.
En el Aconcagua, una de las moles más peligrosas del mundo, que se ha cobrado ya casi un centenar de víctimas, Fernando Garrido escribe, refugiado en una pequeña tienda de lona, las páginas de este diario, que reflejan fielmente una historia real que rescata todo el sabor de la aventura.
Prologo
Aconcagua..., reino de silencio y desolación..., fascinación de la altura y peligro de muerte..., rocas traicioneras, paredes abruptas, abismos insondables que parecen hundirse hasta las mismas puertas del infierno...
El Aconcagua es una montaña trágica. Desde la vertiente sur también es una montaña bella, con su sucesión de acantilados superpuestos cubiertos de nieve. Sin embargo, si se la mira desde cualquier otro ángulo, no resulta especialmente bonita. Pero aun así, sus aristas, sus planicies, sus ventisqueros, ejercen una enorme fascinación sobre los montañeros.
Aquí no hay señal de vida. Ni una brizna de hierba. Todo es soledad blanca, encubriendo el peligro que acecha a cada paso. Los andinistas saben que el Aconcagua no es particularmente difícil de escalar, pero las condiciones de supervivencia son tan extremadas que, en poco tiempo, la energía humana se ve diezmada y comienzan los dolores, las depresiones anímicas, las alucinaciones. Es cuando aumenta el margen de error y los riesgos se multiplican: el Aconcagua tiene una trágica lista de víctimas desde que, en 1883, el primer ser humano se decidió a escalarlo. Fue el alemán Paul Güssfeld, quien intentó infructuosamente coronar la cima por la vertiente norte.
Esta montaña de 6.959 metros se halla en territorio argentino, dentro de la provincia de Mendoza. Pertenece a la cordillera de los Andes, que actúa como frontera natural entre Argentina y Chile y recorre buena parte del continente suramericano. Hay quienes consideran que fue bautizada por los indios aymará como KON KAWA, que significa «monte nevado». Otra hipótesis sugiere que su denominación proviene del río que corre en sus proximidades y al que los indios araucanos llamaban ACONCA-HUE, «que viene del otro lado de la montaña». Sin embargo, los más recientes estudios etnológicos se inclinan por la expresión quechua AKON-KAHUAK, que significa «centinela de piedra». Es una metáfora feliz para definir su hieratismo inmutable.
Existen diversos caminos para coronar esta montaña. En la experiencia que describo en este libro se ha elegido la llamada «ruta normal».
Porque de lo que aquí trataremos, fundamentalmente, no es tanto de los avatares de una dramática ascensión como del deseo de probar el límite de la resistencia humana: sobrevivir en soledad el mayor tiempo posible en la cumbre del Aconcagua.
La intimidad de esta experiencia de supervivencia a 7.000 metros es lo que he intentado reflejar, del modo más fiel posible, en este libro, en el que también se incluyen diversos apéndices e informaciones objetivas que pueden resultar útiles a otros aventureros sedientos de montañas y riesgos.
Yo no soy escritor; se trata de mi primera experiencia en este campo. Soy un hombre de pocas palabras, mis amigos me lo dicen. Pero a lo largo de la experiencia me tomé con gran ilusión el esfuerzo de «traducir» lo que veía y sentía, con la esperanza de poder compartir las sensaciones vividas. Por eso pensé que el mejor modo de transmitir el sabor de esta aventura era desde dentro, es decir, desde el diario personal que, a modo de cuaderno de bitácora, fui escribiendo en la montaña, con las manos heladas. Sería feliz si pudiera lograr que supiese a viento, a nieve, el placer de la victoria.
Fernando Garrido

Ultima foto en la cumbre con la nariz congelada y la ropa sucia de no lavarme en dos meses
Área Restauración Fotográfica del CCAM: Natalia Fernández Juárez
Ver Libro:
- 7000 METROS DIARIO DE SUPERVIVENCIA (2 meses solo en la cumbre del Aconcagua)