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Soñando con el Nanga Parbat, Pakistán
16/12/2010
- por Eduardo Bustamante, secretario de la Embajada Argentina -
Fotos: Eduardo Bustamante
Desde Pakistán, Eduardo Bustamante, secretario de la Embajada Argentina, describe al objeto de fascinación de montañistas de todo el mundo: la que alguna vez fuera llamada “Montaña Asesina”. Caminos polvorientos, interminables glaciares, aldeas perdidas y porteadores malhumorados.

Vista del Nanga Parbat, Pakistán
En un día excepcionalmente despejado y claro, el 25 de mayo de 2010, mientras organizábamos los festejos por el Bicentenario de la Revolución de Mayo, pudo verse desde Islamabad la cumbre nevada del Nanga Parbat a más de 200 kilómetros de distancia. Sin poder creer lo que veía, paré el auto en medio de la avenida Jinnah y bajé, bajo un sol inclemente que nos hacía disfrutar unos 45°C, para mirar asombrado esos contrafuertes lejanos y misteriosos.
El Nanga Parbat, con 8125 metros, es el ochomil más occidental del Himalaya. Su nombre significa montaña desnuda en urdu. Sin embargo, en el dialecto local, el shina, los habitantes de la región tienen otros dos nombres fantásticos para esta montaña: Shal Mukhi, literalmente Cien Caras, ya que es visible desde múltiples aldeas presentando siempre una faz diferente, y Diamorei (pronúnciese “dimroi”), el Rey de las Montañas, sin que haga falta explicar por qué.
En la etapa épica del montañismo -anterior a la Segunda Guerra Mundial, anterior a la mercantilización de la montaña, anterior a esos cosechadores de cumbres (con oxígeno, sin oxígeno, con sherpas, sin sherpas, etcétera…) que tan poco hacen por el deporte- los alemanes tomaron al Nanga Parbat como su desafío personal y nacional. Entre 1932 y 1939, cuatro expediciones alemanas intentaron sin éxito escalarla sufriendo 31 muertes en el intento, lo que le otorgó otro sobrenombre:
la Montaña Asesina.

Aproximación hacia el Nanga Parbat
Finalmente, en 1953 una nueva expedición alemana permitió que Hermann Buhl, un joven dotado de un instinto montañista fenomenal y una voluntad de hierro, finalmente conquistara la cumbre ¡en solitario! y en una odisea de 41 horas desde el Campamento 5.
El verano pasado me tomé unos días de descanso y llegué hasta el mismo Campamento Base utilizado por las expediciones alemanas de aquellos años. Se trata de una expedición espectacular que partiendo desde la garganta del río Indus –una zona inhóspita, seca, árida, caliente- se interna en el valle del Rakhiot subiendo en un jeep destartalado por un camino que le daría vértigo a una cabra salvaje, llega a la aldea de Tato y luego a pie por laderas cada vez más verdes, más frescas, más húmedas, hasta un lugar de ensueño llamado Fairy Meadows (el prado de las hadas). Luego de una noche en el Rakhiot Serai, rodeados de pinos y lagos, continuamos subiendo hasta cruzar el glaciar del mismo nombre y llegar hasta el Campamento Base de la antigua ruta normal. Mi guía era uno de los mejores de la zona, Basharat Hussein, nieto de uno de los porteadores de Hermann Buhl: Madi, aquel que subiera hasta el Campamento 3 sin grampones. ¡Evidentemente, la sangre montañista corre fuerte en esta familia!

Tomando mate en el campamento base, Nanga Parbat
Hoy en día, este Campamento Base -muy accesible, sólo un poco por encima de los 4300 metros- está casi vacío ya que nadie intenta esta ruta por su dificultad y exigencia. La gran mayoría de las expediciones prefiere encarar la montaña desde su cara sur, dominada por el glaciar Rupal, o por la cara oeste montándose en el glaciar Diamer. Esta última es considerada la más fácil (mejor dicho, menos complicada) de las rutas. Sin embargo, una de las principales dificultades de esta cara de la montaña está dada por los habitantes de las aldeas cercanas. Las aldeas de la zona de Buner Das son conocidas por lo poco hospitalario de sus pobladores. Las tribus locales se caracterizan por tener pocos amigos. En este caso, la clave estará en la astucia del guía para contratar dos personas que serán claves: el Sirdar de porteadores y el Cocinero. Inevitablemente, el Sirdar de porteadores tendrá que ser un jefezuelo local muy respetado, ya que él dependerá que los equipos lleguen en buen estado (¿Han experimentado ustedes alguna vez una huelga de porteadores en medio del Himalaya? No es una experiencia recomendable…)
En cuanto al cocinero –verdadero corazón de un Campamento Base- puede llegarse a un solución diplomática: considerando que los locales son especialmente conocidos por no poder cocinar ni un huevo duro, podremos traer a algún cocinero de la zona de Skardu o Hunza: alguién con experiencia en las expediciones a los ochomiles del Karakorum. Pero tendremos que contratar a uno o dos asistentes de cocina entre las aldeas cercanas. ¿Por qué? Porque ellos bajaran a sus aldeas y proveerán de frutas y verduras frescas, ¡cobrando simplemente algunas pocas rupias extra por el favor!

Eduardo Bustamante
Tenemos en la Embajada una serie de fotos del Nanga Parbat que sacó Tommy Heinrich, hasta hoy el único argentino en intentarlo y encima en invierno (¡por Dios! ¡Qué loco glorioso!) Como el canto de una sirena, esas fotos me llaman, me reclaman. Quiero a volver a verlo de cerca... Me queda un verano más en Pakistán, antes de regresar a Argentina… Sueño con ver nuestra bandera en la cumbre de esta gran montaña. Si alguno de esos mendocinos soñadores de ochomiles imposibles lee mis líneas, ya lo sabe: solo tienen que avisarme y yo me ocupo del asado, de los porteadores y la logística, y hasta de la conferencia de prensa antes de partir. El Nanga Parbat nos espera.
Fuente: www.mdzol.com
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