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- RELATOS DE VIAJES Y EXPEDICIONES -



Travesía a la Península Mitre, Tierra del Fuego. Abril del 2005
- por
Federico Gargiulo, Escritor -

Ubicación Península Mitre, Tierra del Fuego, Argentina.
Durante el mes de abril del 2005 emprendí una expedición con dos personas más, en las jornadas del frío otoño de Tierra del Fuego, a lo largo de uno de los últimos lugares inexplorados del planeta.
Al igual que uno de los pueblos originarios de la región, los Yámana, nos desplazaríamos como; nómades por las salvajes costas de la Isla Grande; salvo que en vez de navegar en rústicas canoas, caminaríamos por parajes vírgenes a través de los suaves rastros impresos con el tiempo por numerosos guanacos, caballos salvajes y quien sabe, por solitarios e ignotos viajeros
.

Partimos de la ciudad de Ushuaia en dirección Este, siempre con la idea de transitar a lo largo del contorno de la Isla, a fin de rodearla hasta llegar a la Estancia María Luisa, a orillas del océano Atlántico. Aquello significaba que nos veríamos obligados a ser autosuficientes por más de treinta días, de modo que todo lo que necesitaríamos durante nuestro viaje debería estar incluido en nuestras mochilas. La carga era pesada y el terreno no era el mejor; sin embargo, la belleza del paisaje, la búsqueda de territorios remotos y la fascinación por todo aquello que descubríamos día a día, nos motivaba a seguir adelante y a olvidarnos de las pequeñas casas que llevábamos en nuestras espaldas.

El alba determinaba la hora de partida del equipo expedicionario. Claro que nunca cumplíamos, las primeras luces de la mañana en los helados días de otoño eran puñaladas en el cuerpo. Marchábamos durante horas por lugares de ensueño cargados de magia y también de historia. A lo largo de nuestra travesía nos iríamos encontrando con los espíritus de aventureros de tiempos pretéritos, con los fantasmas de los navegantes, corsarios e incluso de excéntricos buscadores de fortuna que alguna vez habían puesto proa hacia el Atlántico Sur.

La mayoría de las veces debíamos acampar en algún lugar reparado de los fuertes vientos y encender un fogón para calentar el cuerpo, el espíritu y por supuesto, para darle cocción a nuestra cena. De los cuatro elementos necesarios para la vida, tal vez el fuego haya sido para nosotros el más vital. La oscura noche era apenas iluminada por las fogatas de tres solitarios viajeros en el fin del mundo, como si esas llamas representasen nuestra esperanza, nuestras ganas de seguir adelante y nuestro sólido manifiesto de no rendirse ante las dificultades del terreno y de un clima que no daba tregua al cuerpo de los hombres.

Refugio encontrado en el camino. Hacia Península Mitre, Tierra del Fuego.Otras veces teníamos la suerte de encontrarnos con viejos y abandonados refugios de antiguos puesteros que ya no estaban. Si bien no constituían los hoteles más lujosos, para nosotros significaban dormir bajo un techo, con la comodidad de poder encender fuego sin estar a la intemperie. Es por esa razón que cada vez que nos topábamos con una de estas estructuras derruidas por el implacable paso del tiempo y la furia de los elementos, fundíamos nuestras voces en un único tono, “¡Rancho!”, una intensa aclamación de festejo que resumía la alegría, la fuerza y la férrea unión del equipo expedicionario.

Los kilómetros iban pasando como las páginas de un libro, un libro que era escrito día a día por nosotros, por tres viajeros que se habían decidido a aventurarse en bosques milenarios, en turbales extensísimos y en playas desiertas en donde sólo se escuchaban los embates del mar contra la costa y el ruido de nuestros pies quebrando la arena.

Por supuesto que nos encontramos a lo largo de nuestro periplo con hitos históricos para la Tierra del Fuego. No puedo olvidarme entonces de la mítica bahía Sloggett, lugar donde algún día se establecieron cientos de buscadores de oro. Como testigo de aquellos tiempos de ambición, hoy descansa en la playa una antigua draga aurífera que por sus dimensiones se asemeja a un gigantesco dinosaurio de metales oxidados.Acantilados en el cabo San Pío, punto extremo austral de la Argentina.

Más adelante nos encontramos con uno de los obstáculos más temidos, el río López, al cual habíamos rotulado como “La puerta de entrada a la Península Mitre”. Este curso de agua es famoso por contar en su haber con varias vidas humanas. Muchos aventureros e incluso expertos baqueanos habían sido víctima de sus turbias y misteriosas aguas. Después de observar su comportamiento decidimos cruzarlo río arriba pues la desembocadura presentaba un aspecto amenazante. Encontramos un paso que nos permitió atravesar el río sin mojar demasiado nuestro equipo. Del otro lado había otro rancho, de modo que decidimos pernoctar allí para descansar y poder secar toda nuestra ropa con una generosa fogata. Entre mate y mate comentábamos con alegría que ya habíamos ingresado a la tan ansiada Península Mitre.

Generalmente al mediodía hacíamos una parada para un almuerzo rápido, que consistía en una pequeña porción de chocolate y alguna infusión caliente para reponer fuerzas y poder continuar nuestro periplo. No podíamos darnos el lujo de detenernos por un largo tiempo debido a la escasez de horas luz en los meses de otoño, sumado esto a que nuestros cuerpos se enfriaban rápidamente al no estar en movimiento.

Ingresando a las Cuevas de Gardiner, Península Mitre, Tierra del Fuego.En la bahía Aguirre visitamos las “Cuevas de Gardiner”, las cuales constituyen un Lugar Histórico Nacional por el hecho de haber muerto allí, en 1851, uno de los primeros misioneros de la orden anglicana en Tierra del Fuego; Allen Gardiner. Él y sus seis compañeros debieron refugiarse allí escapando de la belicosidad de los pueblos originarios, muriendo todos seis meses más tarde a causa de la falta de alimentos. Para poder entrar a aquellas escondidas guaridas no nos quedó otra opción que sumergir nuestros cuerpos hasta la cintura en las frías aguas de aquel mar austral. Supongo que la importancia de la historia justificó de sobra nuestras inmersiones.

Días más tarde llegamos a la bahía Valentín, una playa de cinco kilómetros de extensión llena de soledad y magia. Sin quererlo encontramos un cráneo humano, el cual perteneció a un aborigen, según los análisis de las autoridades expertas en la materia. Allí pudimos apreciar numerosas manadas de guanacos que se inquietaban con nuestra presencia. Curioso fue lo que pensé en ese momento; tal vez nunca hubiesen visto a un ser humano.

Para llegar a la bahía Buen Suceso debimos atravesar un bosque que por su densidad se asemejaba a una selva. El avance era difícil y por momentos debíamos quitarnos la mochila. El sacrificio valió la pena; en la bahía citada se encontraba un destacamento militar en el cual pudimos descansar por tres días y comer los manjares más preciados. Entre las perlas de aquel petit hotel en el medio de la nada, se destacaban por su importancia el dulce de leche, el pan y la salsa de tomate.

Desde aquel punto nuestra expedición cambiaría en algo más que significativo. En vez de dirigirnos hacia el este cambiaríamos nuestro rumbo primero al norte y más tarde al noroeste. Eso significaba una sola cosa: estábamos regresando a casa.

Duchess of Albany, un viejo velero inglés de tres palos que encalló cerca del  río Policarpo en 1893.Pero antes de llegar a nuestro objetivo la Madre Naturaleza se seguía encargando de regalarnos maravillas. Como aquel atardecer en las cercanías del Río Policarpo, aquel en el cual el cielo parecía incendiarse entero para apagarse de a poco, para fundirse finalmente con el negro manto de la noche. Tampoco puedo olvidarme de aquel día en el cual divisamos veinte cóndores planeando juntos, dando vueltas tan solo a algunos metros de donde nos encontrábamos. Parecía como si aquellas grandiosas aves, soberanas del cielo y las montañas, se hubiesen juntado para saludarnos, para darnos la bienvenida o tal vez la despedida de aquel lugar de ensueño.

Jamás quitaré de mi mente ese día en las proximidades del puesto Donata, día en el cual experimenté un sentimiento de libertad y grandeza difícil de explicar… Justo delante de nosotros galopaba una numerosa tropilla de caballos salvajes. Por supuesto que todas estas sorpresas también fueron razón más que justificable para detenernos y tomar fotografías. Tal vez cuando seamos viejos, esas imágenes nos ayuden a recordar mejor eso que tan intensamente vivimos cuando estábamos allí.

Federico Gargiulo con los amigos en la cumbre más alta de Península Mitre, Tierra del Fuego.Después de andar veinticinco kilómetros más alcanzamos el Puesto “La Chaira”. Allí gozamos de la hospitalidad de dos puesteros, Oyarzún y Ainol. Realmente nos trataron de maravilla. Estuvimos algunos días; a pesar de que ya estábamos en el final, nos merecíamos un descanso. Todo fue una gran fiesta ese día y no era para menos: la compañía de los paisanos y la planificación del último día fue el eslabón final de una cadena extensísima… Una cadena que habíamos dibujado con nuestros pies por cientos de kilómetros; una cadena que unía cada lugar, cada naufragio, cada espacio recorrido; cada tiempo y cada leyenda, con las anécdotas, las risas y las lágrimas; una cadena que con el lánguido paso de los años terminaría por oxidarse, porque es de hierro, pero que nunca se rompería, porque sus partes permanecerían tan arraigadas como el primer día… Sí; como ese en que decidimos lanzarnos a la aventura de cumplir un sueño durante treinta y seis días, de compartir la gloria del espíritu y la victoria de nuestras almas por haber logrado algo que para algunos puede resultar loco y disparatado, pero que para nosotros constituía una forma auténtica de mantener vivos nuestros corazones, de arriesgarnos a perder la existencia a cambio de aquel preciado tesoro llamado libertad, a cambio de sentirnos únicos en el mundo y de sentir por fin que estábamos viviendo.

En la cumbre mas alta de la Península Mitre (monte Pirámide, 900 mts.), Tierra del Fuego.



 
Jefe de Proyecto: Ing.Natalia Fernández Juárez      Diseño/Desarrollo: Hernán Rafaele
Desarrollo: Luis Cribellati















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